Lunes, 08 de octubre de 2007
Ya vinimos de Paris, ¡se acabaron las vacaciones!. Ha sido una semana, bueno, en realidad han sido seis días pero Paris bien merece una semanita para poder verlo en toda su extensión y belleza.
La verdad es que es una ciudad de leyenda -aunque yo me siga quedando con Londres- con una multitud de monumentos, edificios, arte, gente y cosas que ver. Para haceros una idea, en el tiempo que hemos estado allí, hemos coincidido con el Mundial de Rugby, la semana de la moda Pret a Porter, el estreno de una obra de teatro (con su alfombra roja y todo) e, incluso, hasta hemos visto al Papa. No al de Roma pero Papa al fin y al cabo. Era el Papa Ortodoxo, el Pope Alexis.
Primer día:
Tras volar con Air France y llegar al aeropuerto de Orly en una hora y media desde Barajas, pillamos el transporte que habíamos contratado con Travel Plan para que nos llevara al Tryp de Saxe. Hotel de tres estrellas de una cadena española y que estaba bastante bien. Nada más salir a la calle podíamos observar la Torre Eiffel por lo que la situación del hotel era inmejorable. Por otra parte, el desayuno era espectacular, podías comer de todo y ponerte hasta las trancas. Nosotros solemos reservar alojamiento y desayuno porque nos íbamos después de desayunar a eso de las nueve y media y volvíamos a las diez de la noche. Eso de coger pensión completa es un poco atraso porque te obliga a volver al hotel aunque, visto lo caro que estaba todo allí, seguramente saliera bien de precio.
Nada más instalarnos nos fuimos a ver la Torre Eiffel y los Inválidos que era lo que teníamos más cerca del hotel. La verdad es que la Torre Eiffel me decepcionó un poco. Es una mole de hierro enorme bastante fea pero por la noche, con la iluminación, gana bastante y merece la pena verla de noche más que de día. Bajo la cúpula de Los Inválidos está enterrado Napoleón Bonaparte del que me sorprendió que los franceses no lo tuvieran en un pedestal y no hay nada que recuerde al famoso emperador francés.
Tras ver estos dos espléndidos monumentos nos subimos a un autobús turístico -tras abonar los cuarenta y cuatro euros de rigor entre los dos- de esos que no tienen techo y vimos los principales monumentos de Paris por la noche. Hay que decir que con estos cuarenta y cuatro euros podías subir a cualquier autobús turístico los dos siguientes días y esos nos facilitó más de una vez los desplazamientos entre los distintos distritos parisienses. De este autobús nos bajamos en trocadero y bajamos, nuevamente, hasta la Torre Eiffel para irnos al hotel a dormir. Por cierto, este fue el único momento que llovió en todo el tiempo que estuvimos en Paris.
Segundo día:
Tras desayunar como si fuera la última vez que lo hacía salimos en dirección a Los Inválidos que, dado que nos caía de paso hacia el Museo d'Orsay, queríamos verlo a la luz del día. Tras ver la fachada del Museo d'Orsay porque era el día que, puta casualidad, estaba cerrado dirigimos nuestros pasos hasta el Museo del Louvre pasando antes por la Asamblea Nacional en el que vimos la Mona Lisa, la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo y toda la parte de Egipto. El Louvre es impresionante y no se puede ver entero ni en tres días así que nosotros, como casi todos, fuimos a tiro hecho a ver lo que interesaba a alguien que no tiene ni puta idea de arte.
Ya por la tarde, después de comer en un italiano en el que nos metimos un par de menús del día de 12€ pero que, por obra y gracia de que las bebidas y los postres no están incluidos, se convirtieron en 42€, nos dirigimos a ver la Catedral de Notre Dame, espectacular el rosetón y la vidriera cuando el sol incide sobre la misma. Aquí, y no sé si será por mi ateismo galopante, me volví a cagar en la Iglesia y todo lo que representa debido a un cartel que sugería que, para respetar el culto y a los creyentes en sus oraciones, no se podía grabar ni hacer fotos ni entrar con los hombros al aire ni gilipolleces por el estilo, nada más entrar nos podíamos comprar por el módico precio de cinco euros una medalla o encender una vela por dos euros o, al fondo de la Catedral, comprar desde libros hasta dedales con la fachada de la Catedral. Pandilla de gilipollas. Me recordó a aquel pasaje que leí en la Biblia (porque soy ateo pero me la he leído) en la que Jesús largó a los fariseos y comerciantes que hacían negocio dentro del templo. Bueno, el caso es que pasé de la recomendación y, como podéis ver, hice las fotos y grabé lo que me salió de las pelotas.
Después fuimos a ver el Panteón y los Jardines de Luxemburgo. Como nos habíamos pegado una caminata de muchos cojones buscamos una parada de los autobuses turísticos y nos dimos otra vuelta para volver a pararnos en Trocadero e irnos al hotel después de cenar unos crepes maravillosos.
Tercer día:
Plaza de la Concordia, una plaza en la que el tráfico es un caos sólo comparable a la conducción en Roma. En dicha plaza existe un obelisco egipcio, obelisco de Luxor que según los franceses (en esto me recordó mucho a los británicos del British Museum) se los regalaron los egipcios en tiempos. Seguimos hacia arriba y vimos la iglesia de la Madeleine, la Opera, una iglesia muy chula que creo que era la de Sant Sulpice y seguimos subiendo más y más dirigiéndonos hasta el famoso barrio de Pigalle. Famoso por tener una ristra de sex shops grandiosos, tiendas de lencería sexy y en la que, en las guías recomiendan que por la noche se vaya con cuidadito por esa zona. Allí vimos el famoso Molin Rouge y comimos en un restaurante un poquito pijo en el que nos la metieron doblada (como siempre que pedíamos algo en algún lugar cualquiera). Subimos, subimos, subimos y seguimos subiendo hasta que dimos con nuestros huesos en la Basílica del Sagrado Corazón. Maravillosa y preciosas las vistas de Paris desde este lugar. Tras descansar un ratito en las escaleras y hacernos las fotos de rigor bajamos, bajamos, bajamos y seguimos bajando buscando el Sena y otra parada del autobús turístico que volvimos a pillar y en el que, esta vez, nos dimos una vuelta y media descansando de la paliza escaladora que nos habíamos pegado
Cuarto día:
Palizón enorme. Mary Jo se portó como una campeona y nos hicimos casi 17 kilómetros a patitas detrás de monumentos que estaban tan alejados como el Arco del Triunfo de la Plaza de la Bastilla. El que conozca Paris sabe muy bien de lo que hablo. Comenzamos el día camino del Grand y el Petit Palais para recorrer palmo a palmo subiendo por la derecha y bajando por la izquierda todos los Campos Elíseos. Cuando llegamos arriba del todo, parándonos, como es de rigor, en las innumerables tiendas que decoran ambas calles de los Campos Elíseos, subimos al Arco del Triunfo en dónde vimos unas maravillosas vistas de Paris, incluyendo la Defensa y la Torre de Montparnasse. Deshicimos nuestros pasos por la parte izquierda y paramos a comer por la zona de la Opera. Después, siguiendo el Jardín de las Tullerías fuimos a ver el Centro Pompidu y seguir, descansando en cualquier escalera, hasta dar con la Plaza de la Bastilla. Como nos merecíamos una cerveza paramos en una de las calles de la zona de Sant Germain a tomar un par de birras. Caminamos de vuelta callejeando para atrochar por calles no muy transitadas para dar con el Museo de Roden en cuyo jardín está el famoso Pensador de Roden. Como íbamos de noche, el museo estaba cerrado pero el pensador se veía desde la calle de enfrente. Bueno, más bien se veía la espalda de la escultura pero el caso es que algo vimos. Llegamos cerca de las once de la noche al hotel después de recorrernos Paris Centro de arriba a abajo.
Por cierto, este día, cuando pasamos por Notre Dame, vimos que había demasiado jaleo y nos acercamos. Estuvimos al lado del Pope Alexis, Papa de los ortodoxos que salió protegido por unos cuantos guardaespaldas y bendiciendo a todo cristo. Era curioso ver cómo se saludaban con tres besos entre ellos.
Quinto día:
Nos quedaba por visitar Versalles pero le dieron por culo y nos fuimos de compras a los Campos Eliseos. Para abrir boca nos fuimos por la avenida Montagny en la que están las tiendas más caras y selectas de todo Paris. Valentino, Versace, Guzzy, Cartier, etc... había que ver los escaparates. Vimos vestidos de más de cien mil euros, collares de cuarenta y nueve mil euros que hacían juego con unos pendientes de veintitrés mil euros, zapatos de doce mil euros. En cada tienda había un señor cuyo único cometido era abrir las puertas a los clientes. Supongo que ese cabronazo cobrará diez o doce veces más que yo pero mira que estar ahí sólo para abrir una puerta. Tras comprar unas cuantas cosas y comer en un MC Donalds (la pela es la pela), volvimos con lo comprado al hotel para luego ir a comprar chocolate al quinto coño pero como era para el regalo de los padres bienvenido fue el paseito. Además, Mary Jo tuvo la suerte de ver en un escaparate del Galerías Lafayette a unos cachas que estaban en calzoncillos y que no se sabe muy bien qué hacían ahí pero el caso es que ahí estaban. Yo no me voy a quejar porque al ser la semana de la moda pret a porter vimos unas cuantas modelos. Lo malo es que los desfiles eran de moda y lo que ahora se lleva son unos palos de tías sin tetas ni culo ni nada en lo que lo único que destaca es la altura y la fragilidad que desprenden víctimas de la enorme delgadez que soportan. Encima, algunas, parecían más, por su aspecto andrógino, unos tíos. La pena fue que la semana no fuera de moda de lencería porque esas son las modelos buenas. Volvimos caminando para ver por última vez en estas vacaciones la Torre Eiffel iluminada, le hicimos unas cuantas fotos y cenamos en un banco del Campo de Marte bajo la luz centelleante de la Torre.
El último y sexto día casi no nos dio tiempo más que a coger el Taxi de Travel Plan, recoger a unos chavales que, también, iban al aeropuerto de Orly y que entraron en el taxi llorando a moco tendido porque se separaban del grupo con el que habían pasado, supongo, unas maravillosas vacaciones.
Por: Chesco Romero Ciborro | Mi vida | Comentarios (3) | Referencias (0)